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Una mirada extrema (aunque esperanzadora) contra las big tech

Por Pablo Corso. Los títulos (y subtítulos) de los libros de Shoshana Zuboff hablan por sí solos: La era de la máquina inteligente. La era del capitalismo de la vigilancia. La lucha por el alma de nuestra civilización informativa. Sintagmas grandilocuentes para asuntos que nos superan, porque la vida digital se nos está yendo de las manos.

“Una profeta del fin del mundo tal como lo conocemos”, define El País, que justifica con citas de la filósofa y psicóloga social: “Quieren esclavizarnos, no con asesinatos y terror sino con una sonrisa”; “Si Greta Thunberg dice que nuestra casa están en llamas, yo digo que la sociedad está en llamas”; “Con la privacidad, somos como los indios de América al llegar los españoles”.

Vale la pena detenerse en esta última.

– Intenta imaginar a los indígenas sentados en sus porches, el día en que aquellos grandes barcos aparecieron en el horizonte. Nunca habían visto nada así. Y nadie vio nada ofensivo el primer día, más que un español con barba, tropezando por la playa, con su armadura y espada y ropa pesada. En una situación así eres cognitivamente incapaz de entender qué pasará.

Si nosotros somos los indios, los españoles son los algoritmos.

La génesis de la crítica de Zuboff está en el in crescendo de conquistas sucesivas que implica el capitalismo. Después de integrar al mercado objetos, cultivos, animales y conocimientos, sólo quedaba la experiencia humana privada. Internet iba a liberarnos, pero pasaron cosas.

– La mayor infraestructura computacional jamás imaginada para el conocimiento, con sus científicos, servidores, procesadores y almacenamiento, sirve a quienes tienen un interés financiero en saber cómo nos comportaremos con seguros, sanidad, educación, inmobiliarias, comercio.

El producto somos nosotros

El centro de inteligencia artificial de Facebook puede producir seis millones de predicciones de comportamiento por segundo. Sería imposible sin nuestro aporte. Cada mirada a la pantalla, cada palabra frente al micrófono, cada toque con el dedo alimenta el imperio del big data. Son predicciones sobre nosotros pero no para nosotros. Se empaquetan y venden, masiva aunque selectivamente, en el cada vez más lucrativo mercado del targeting.

Es un círculo imparable. En la competencia por quién obtiene la mejor predicción, se necesitan cada vez más datos, que ya exceden nuestro trazado online: se registra desde por dónde y cuánto caminamos hasta qué enfermedades tenemos. Incluso lo que parece más inocente es motivo de sospecha. Pokémon Go, incubado por los mismos responsables de Google Maps, resultó ser una forma de experimentar con el uso de la gamificación, un juego de premios y castigos que guiaba a la gente por las ciudades, con el fin al principio inconfesado de que gastaran su dinero en McDonalds y Starbucks.

Desde hace dos décadas, las empresas tecnológicas vienen acumulando una capacidad de influencia a la que tendemos a adjudicar menos peligrosidad porque no conlleva una amenaza física. Sin embargo, “podría convertirse en una forma de poder aún más penetrante y profunda, haciendo que colectivos enteros se comporten de una manera que de otra manera no se habrían comportado”, avisa la profesora emérita de la Escuela de Negocios de Harvard.

Quizá ya esté sucediendo. Microsoft vende una base de datos con el stock completo de las caras que aparecen en Facebook a divisiones militares de todo el mundo. “También al ejército chino, que mantiene a la minoría musulmana uigur en campos de concentración donde son vigilados por sistemas de reconocimiento facial entrenadas con nuestras fotos”, precisa. Junto a Amazon, es un exportador líder de tecnología de vigilancia.

Nuestra responsabilidad, indirecta pero no por eso menos real, es no seguir alimentando esos sistemas.

Contra la transparencia

A Zuboff no le agrada la sugerencia de que no hay nada malo en mostrar todo en las redes.

– Si no tienes nada que esconder, entonces no eres nada. La única manera en que podemos construir una identidad, una fuente interna de juicio moral, nuestros propios valores para ser pensadores críticos es interiormente, en momentos de soledad y reflexión, no vivir con transparencia.

Para no pensar y hablar como piensan y hablan todos los demás, no alcanza con rechazar las cookies, desactivar la geolocalización o desconectar el wi fi en la calle. Zuboff aconseja participar en las redes sólo en la medida en que haya que hacerlo para ser eficaces en la vida profesional. Una detox sin subir información personal ni fotos, sin considerar a las plataformas como fuente de noticias, ya que se convirtieron en una fuente de información contaminada, impulsada por imperativos económicos.

El único enfoque posible contra los sistemas que predicen certezas en vez de construir libertades es colectivo. “El pueblo debe movilizar las instituciones democráticas”, arenga. Para eso, hay que recuperar el espíritu de conquista. No el de los españoles barbados sino el de los últimos dos siglos, cuando la humanidad consagró derechos a trabajadores y a consumidores, en un juego que logró cierta convivencia virtuosa entre industrialización y democracia. Si queremos recuperar ese equilibrio, también hay que recuperar la capacidad de supervisión.

Se trata de “empezar a imaginar un futuro digital que realmente funcione para la gente, satisfaciendo nuestras necesidades, no las de una pequeña élite rica”, sugiere. En esta lógica ganan sentido sus propuestas de regular las redes y de ilegalizar las prácticas de vigilancia, control, predicción y mercantilización hasta que consigamos acordar reglas más sanas. La idea es extrema, y al mismo tiempo deja un resquicio para el optimismo. “Si hubiéramos estado promulgando leyes y normas durante los últimos 20 años y hubiéramos fracasado, habría algún motivo para el pesimismo y la resignación”, plantea. “Pero ni siquiera hemos intentado todavía interrumpir y prohibir estas operaciones. Sólo hemos empezado a entenderlas”.