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Maradona, la teoría de juegos y la magia de lo imprevisible

Por Pablo Corso. Ganar depende lo que hace uno, pero también de lo que hace el otro. Pasa en el fútbol, en los mercados financieros y en el espionaje; por algo se llaman situaciones estratégicas. Para entenderlas mejor, toda un área de la matemática se ocupa de ellas. Nadie podrá decir que la teoría de juegos no se plantea un objetivo ambicioso: comprender la conducta humana frente a la toma de decisiones. En su corpus hay materias apasionantes, como estrategias óptimas, comportamientos previstos y -acaso la más insondable- la certeza de la imprevisibilidad.

Uno de sus fundadores, el húngaro John von Neumann (1903-1957), definió al juego como “una situación conflictiva en la que uno debe tomar una decisión sabiendo que los demás también toman decisiones, y que el resultado del conflicto se determina, de algún modo, a partir de todas las decisiones realizadas”. El matemático alumbró la “Teoría Minimax”: cuando se examina cada posible estrategia, un jugador debe considerar todas las respuestas posibles del adversario y la pérdida máxima que pueden acarrear, para así desplegar una estrategia propia con vistas a minimizar esa pérdida.

El profesor de Economía, Estrategia y Gestión en la London School of Economics, Ignacio Palacios-Huerta, publicó un paper que baja esos conceptos al césped. Se llama “Maradona juega al Minimax” y analiza los 109 penales que pateó el astro entre 1977 y 1997: 25 en Argentinos Juniors, 20 en Boca, nueve en Barcelona, 48 en Napoli, tres en Sevilla y cuatro en la Selección. El Diez anotó el 85,1% de sus intentos. Cuando eligió la izquierda del arquero, la tasa de aciertos fue de 84,6%. Cuando pateó a la derecha, subió apenas al 85,7%. El académico sacó dos conclusiones relevantes: a) era imposible predecir si el ídolo se decidiría por uno u otro lado de acuerdo a los penales anteriores; y b) sus probabilidades de marcar resultaban estadísticamente idénticas con distintas estrategias.

Los derivados y las posibilidades de extrapolación del trabajo son sorprendentes. “Es imposible predecir exactamente el resultado de ciertos juegos estratégicos, porque los involucrados aleatorizan sus estrategias y, peor aún, porque los datos de la historia de estos sucesos resultan inútiles para la predicción”, explica en esta nota el también economista Walter Sosa Escudero, profesor plenario en la Universidad de San Andrés. La imprevisibilidad es inherente a la naturaleza estratégica. Una conclusión que “pone un freno a lo que es esperable aprender de los datos, y al sobre-entusiasmo que muchos tienen en relación con el fenómeno de big data”, plantea el autor de un libro llamado precisamente Big Data, que además recuerda un tuit inquietante del ensayista libanés Nassim Tableb: “Me ha resultado muy difícil explicar que cuantos más datos, menos se sabe qué está pasando…. La gente todavía tiene la ilusión de que ciencia significa más datos”.

Está lloviendo data. ¿Qué se oculta cuando hay sobreabundancia de datos? “Muchas veces, muchos datos pueden agregar mucho ruido y poca señal”, advierte Sosa Escudero ante la consulta de Reporte Publicidad. Por ejemplo: aunque el big data puede ayudar a revelar aspectos de la pobreza que serían muy costosos -cuando no imposibles- de abarcar con los métodos tradicionales, para ganar precisión y foco en su medición, “no hace falta aumentar la frecuencia sino llevar el foco a otra parte, como la pobreza rural o las redes de contactos en la población de pobreza extrema. Una medición diaria sólo trae ruido y poca señal”.

Todavía hay costados de la realidad impredecibles, y el fútbol vuelve como ejemplo. Por un lado, cada vez se da más importancia a la toma de decisiones basada en datos (mapas de calor, kilómetros recorridos) y a la idea de que un proyecto bien diseñado llevará innegablemente al éxito. El caso paradigmático es Alemania, con sus centros de formación, fortalecimiento de la liga interna y “bajada” para una sola línea de juego. Por el otro, también hay razones para sostener que “el fútbol es un deporte en el que se gana por huevos, suerte, talento individual y pensamiento mágico. El proyecto, la planificación y el trabajo están ostensiblemente sobrevalorados”, como desafía este hilo de Twitter.

El autor enumera sus argumentos. Rinus Michels se convirtió en entrenador de la Holanda del 74, acaso el mejor equipo de todos los tiempos, seis meses antes de ese Mundial. La carta ganadora excluyente de la Francia campeona en Rusia 2018 fue un solo jugador: el incontenible Kylian Mbappé. Argentina casi doblega a los propios alemanes en Brasil 2014 con un proyecto fugaz, basado en la fortaleza defensiva y en la inspiración de Lionel Messi. El entrenador actual, Lionel Scaloni “no es un proyecto, y así está bien. Les cae bien a los jugadores, hay una línea de pensamiento mágico positiva y visible; hay jugadores que se pueden inspirar y ganar un partido”. Para empeorar las cosas, el fútbol es el deporte en el que menos veces gana el favorito, contra disciplinas como el básquet o el tenis.

Sosa Escudero entiende esos argumentos. La aleatoridad del fútbol -o la de la política- es distinta a la de otros fenómenos, como los meteorológicos. “La confrontación de objetivos hace que a los equipos les convenga adoptar estrategias alternativas, de una forma que resulta azarosa”, razona. “Es esa impredecibilidad esencial lo que complica la predicción de los resultados y, a mi juicio, lo que los hace interesantísimos”. Sin menospreciar el valor de la información bien seleccionada y utilizada, todo parece indicar que en algunas actividades estamos depositando una expectativa exagerada en los datos.

Asuntos tan relevantes como la emergencia de Trump y Bolsonaro, el precio del dólar dentro de una semana o el final de pandemia no se pueden prever con un algoritmo de Netflix. “Los datos ayudan pero, como hemos visto (o, mejor dicho, como no hemos visto), no alcanzan”, reconoce Sosa Escudero, que apuesta a la emergencia de mejores ideas, “no como entelequia o juguete intelectual, sino como una forma de ver más allá”. A veces, resume, es más importante lo que los datos quieren decir que lo que dicen. No es una mala noticia: la interpretación, la creatividad y el azar siguen siendo jugadores centrales en nuestras vidas.