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¿Cómo sobrevivir a la incertidumbre?

Por Pablo Corso. La empresa de marketing estratégico BMC se había impuesto una tarea difícil para su webinario sobre estos tiempos inciertos y la sociedad de la incertidumbre: trazar un diagnóstico sobre las fuerzas que fluyen bajo el mar de incógnitas que estamos surcando, recortar sus manifestaciones principales y mensurar qué estamos haciendo para preservar la línea de flotación. Nicolás Horovitz -director general de la consultora en Europa- salió airoso del desafío. A continuación, un resumen de sus ideas.

¿Qué factores se potencian para diseñar este mundo? Primero, la liquidez: las instituciones que daban orden y previsibilidad a nuestras sociedades, como la familia nuclear, la escuela o la iglesia, llevan décadas perdiendo peso. Segundo, la reflexividad: hoy todo vuelve a estar en discusión, desde la idea de los animales como seres sintientes hasta lo que significa ser un hombre, un joven o un adulto mayor. Tercero, la complejidad: la consabida sobreabundancia de información, en cambio continuo y a una velocidad inédita. Y por último, la confirmación de un riesgo omnipresente: bélico, geopolítico, ambiental, sanitario y laboral.

Ahora bien, advierte el sociólogo: así como el dinero y las oportunidades, la incertidumbre no está igualmente distribuida. El mundo desarrollado ha sabido rodearla de algunos amortiguadores, ya que el Estado, la salud pública y las empresas tradicionales no se terminan de desarticular. Pero he ahí la sorpresa… o no tanto. Quienes se muestran menos temerosos en su vida cotidiana son los ciudadanos de las naciones menos favorecidas. Quizá ya sobrevivieron a varias crisis; quizá tengan menos que perder.

Las cuatro dimensiones de la incertidumbre 

– El trabajo. El camino ascendente en la pirámide laboral ya no es la norma; las nuevas motivaciones promueven itinerarios más heterodoxos. Mientras tanto, los algoritmos tienen a sus merced a los trabajadores de la economía de las plataformas (conductores de Uber, repartidores de Rappi) y los saltos tecnológicos pueden hacer que las capacidades que hoy se valoran sean obsoletas mañana. Todo esto coronado por las dinámicas de auto-explotación. Ser nuestros propios jefes es hacernos responsables de nuestros éxitos, pero también de nuestros fracasos.

– Las identidades personales. “Hay una desestabilización del mundo sexo-afectivo”, plantea Horovitz. El amor romántico, la familia tradicional, el matrimonio, la monogamia y las identidades de género son, como nunca, objeto de revisión y de crítica. El formato Tinder permea en la vida cotidiana mediante una dinámica de mercantilización que nos lleva a conectar y desconectar con un solo click, y a evaluar las relaciones en términos de costo y beneficio. Esto nos vuelve más frágiles y vulnerables.

– Los consumos culturales. Vivimos la paradoja de la abundancia. Con la puesta en cuestión de los sistemas expertos (medios de comunicación, conocimiento científico, incluso gobiernos), la construcción de sentido es un proceso más inestable, y la concreción de consensos, un objetivo a veces inalcanzable. La verdad está más cuestionada que nunca, en una crisis de confianza que habilita un nuevo status de desconfianza: si todo puede ser cierto, nada lo es.

– El medio ambiente. Para algunos científicos, estamos en una nueva era geológica: el Antropoceno, caracterizado por la influencia desmedida de las actividades humanas sobre los ecosistemas. El cambio climático y la crisis del modelo alimentario -con una intrusión sostenida en entornos desconocidos- anticipan una nueva era de pandemias. Y la escasez de recursos, la emergencia de nuevas guerras. Ante este panorama, atravesamos una batalla entre la negación y la impotencia: los esfuerzos individuales se sienten insuficientes.

Cinco estrategias de resolución 

¿Qué hacemos para aliviar las tensiones? Horovitz visualiza estas lógicas de lucha contra la incertidumbre.

– Detox. Una idea -o una ilusión- centrada en la idea de quitar “lo malo” para quedarse sólo con “lo bueno”. Hay detox de consumo (bajo la premisa de que vivir con menos es vivir más livianos), digital (desde los que deciden desconectarse hasta quienes se esfuerzan por controlar el tiempo frente a las aplicaciones), informativo (personalizar las noticias), social (desde el rechazo a las personas “tóxicas” hasta la sociabilidad “curada” pos pandemia), corporal (dietas y gimnasio) y estético (quitarse la presión de los filtros que imponen las redes). El método Marie Kondo y la app Be Real son ejemplos paradigmáticos.

– Exit. La búsqueda de una salida: de las grandes ciudades hacia los esquemas comunitarios, de la racionalidad clásica hacia la posverdad que cuestiona hasta la forma de la Tierra. También hay salidas hacia adentro; la defensa del hogar como espacio seguro frente a la hostilidad externa recibe el simpático nombre de cocooning. Menos inofensivos resultan los fenómenos de escape mediante el chivo expiatorio, cristalizados en fenómenos de polarización y racismo. El escape hacia realidades digitales paralelas (gaming y metaverso) también vuelve a la incertidumbre un poco más controlable.

– Control. Se trata de encontrar ámbitos vitales que sigan confirmando la relación entre esfuerzo y recompensa. Las aplicaciones que ayudan a hacer un buen uso del tiempo, mediante la creación de rutinas de salud o trabajo, son un síntoma de ese aspiracional. Otra forma de control es el dataísmo: la búsqueda de certidumbre en los datos, a los que adjudicamos claridad, contundencia y verdad. También buscamos recuperar autonomía sobre el ritmo de la jornada (filosofía slow), el cuerpo (el ejercicio confirma el sentido de la “inversión”) y hasta las neuronas, con la promesa de las neurociencias de ayudarnos a entender -y controlar- emociones y percepciones.

– Estar en el presente. Cuando el pasado ya no da certezas y el futuro es una ficción, empiezan a surgir preguntas como “¿de qué sirve realmente ahorrar?” Tras dos años de encierros más o menos laxos, está emergiendo la idea de unos “nuevos años 20”, con el disfrute y el hedonismo en el centro de la escena. Desde los restaurantes llenos en medio de la crisis hasta la transversalidad del mindfulness, la sensorialidad es un eje cada vez más evidente. Entre los jóvenes, el Beta mode se volvió otra forma de conectar con el presente: como nada es para siempre, la prueba, el error y el aprendizaje se vuelven el camino lógico.

– Transformación. Puede ser de la realidad (como en los movimientos globales que buscan cambiar las reglas políticas, sociales, económicas o ambientales), de la identidad (mi autopercepción o deseos son suficientes para disparar un cambio existencial), física (mediante la cirugía o el deporte) o adaptativa, donde la palabra clave es resiliencia: la capacidad emocional de adaptarse al entorno a pesar de todo… o a pesar de todos.

 PH Valeriia Miller en Unsplash