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Aaron Swartz, el libertador del conocimiento

Por Pablo Corso. Mario Benedetti definió a la vida como “ese paréntesis”, y el paréntesis de Aaron Swartz fue especialmente significativo. Entre su nacimiento en Highland Park (Illinois) en 1986 y su muerte en Brooklyn (Nueva York) en 2013, esos 26 años le alcanzaron para convertirse en programador, escritor, hacker y -sobre todo- referente de una rebelión. Aunque le costó la vida, cumplió con su objetivo: socializar el conocimiento y disparar una serie de preguntas que, a fuerza de generar incomodidad, replantean buena parte de nuestra cultura.

En el verano europeo de 2008, el estadounidense (pionero en el diseño de lo que hoy conocemos como criptomonedas, criptografía y blockchain) escribió el texto que le ganaría un lugar en la posteridad. El Manifiesto por la Guerrilla del Acceso Abierto (GOA, por sus siglas en inglés) vio la luz en un entorno impensado: Eremo dei Frati Bianchi, un monasterio al este de Italia, fundado mil años atrás por una hermandad de monjes dedicados a la existencia meditativa.

Esta es una selección de pasajes destacados:

La información es poder. Pero como todo poder, hay algunos que quieren quedárselo para sí mismos. La herencia científica y cultural completa del mundo, publicada por siglos en libros y revistas, está siendo cada vez más digitalizada y cerrada por un puñado de corporaciones privadas. ¿Querés leer los papers que incluyen los resultados más famosos de las ciencias? Tendrás que enviar enormes cantidades [de dinero] a editoriales como Reed Elsevier.

(…) A aquellos con acceso a estos recursos -estudiantes, bibliotecarios, científicos– se les ha entregado un privilegio. Pueden alimentarse en este banquete del conocimiento mientras el resto del mundo se queda afuera. Pero no necesitan -en realidad, moralmente no pueden- mantener este privilegio sólo para ustedes (…) compartir es un imperativo moral (…) No hay justicia en seguir leyes injustas. Es tiempo de salir a la luz, y en la gran tradición de la desobediencia civil, declarar nuestra oposición a este robo privado de la cultura pública.

Necesitamos tomar la información, donde sea que esté almacenada, hacer nuestras copias y compartirlas con el mundo. Necesitamos tomar las cosas que están sin copyright y añadirlas al archivo. Necesitamos comprar bases de datos secretas y ponerlas en la red. Necesitamos descargar las revistas científicas y subirlas a redes para compartir archivos. Necesitamos pelear por la Guerrilla del Acceso Abierto (…) no sólo enviaremos un fuerte mensaje oponiéndonos a la privatización del conocimiento; haremos que sea algo del pasado.

Un topo en el MIT

Swartz desató su condena cuando decidió hacer carne del verbo. Entre fines de 2010 y principios del 2011 entró a las instalaciones del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), que se vanagloriaba de sus principios progresistas, y aprovechó una falla de seguridad. Conectado al wi fi libre, ingresó al portal académico JSTOR y descargó 4,8 millones de documentos, que puso a disposición del público.

Después de especular con que “esto podría ser obra de un estudiante experimentando con un robot”, los encargados de seguridad del MIT lograron identificar la computadora desde la que Swartz estaba haciendo su trabajo, en un pasillo secundario dentro de uno de los edificios de la universidad. En lugar de confiscarla, contrataron a un detective que instaló una cámara oculta. Así identificaron al responsable, que el 6 de enero de 2011 fue arrestado en plena calle.

El FBI y los fiscales federales lo acusaron de fraude electrónico e informático, y de haber descargado ilegalmente material con derechos de autor. Enfrentaba cargos por un millón de dólares y 35 años de prisión. Dos años después de su detención, en medio de un proceso judicial con múltiples apelaciones, Aaron Swartz se quitó la vida en su departamento. Quizá murió con el consuelo de haber inspirado a una generación.

La libertad del conocimiento

Las preguntas que planteó Swartz se volvieron más intensas desde su muerte. “La producción de conocimiento, insumo clave de la vida ordinaria actual, ¿es parte o no de los bienes comunes?”, inquiere el doctor en Filosofía Diego Lawler. Su acceso “es clave para la promoción de la igualdad de oportunidades y el desarrollo de sociedades más justas y equilibradas”. El legado del hacker supone una reparación, una lucha “contra la apropiación privada de los esfuerzos colectivos de investigación y desarrollo, que generalmente provienen del financiamiento público que otorga el estado a través de las universidades”. La pregunta, entonces, es casi retórica: ¿Por qué no liberar algo que tiene nuestro propio esfuerzo en su origen?

La historia del autor del GOA tiene otra resonancia potente para nuestros días. A diferencia del software de código cerrado, el abierto -del cual Swartz fue un promotor acérrimo- “otorga un papel activo al diseñador/usuario, devolviéndole su capacidad agencial, esto es, deliberativa y de acción según sus propios fines”, recuerda Lawler, especialista en filosofía de la técnica. “En estos tiempos de apropiación de datos privados por las grandes compañías como Google y Facebook, rescatar su figura supone plantear la batalla política por una comunidad liberada de los constreñimientos que estas compañías imponen”. La arquitectura de un sistema informático permite “sentar las condiciones para vivir una vida propia frente a la imposición de una vida prestada”. O exactamente lo contrario.

En sociedades como la nuestra, donde -por su escasez- el conocimiento se vuelve un bien imprescindible, las preguntas que dejó Swartz mantienen impacto y vigencia. La libre disponibilidad del saber, que luego se vuelca en áreas tan cruciales como la industria, habilita la construcción de condiciones sociales más justas y eficientes. Lawler ejemplifica con el sistema de patentes, hoy en el centro del debate por la coyuntura geopolítica. “¿Qué ha hecho la pandemia del COVID-19 sino mostrarnos las asimetrías que se generan entre los países cuando ese sistema regula el acceso a un bien necesario, como es hoy la vacuna?”, advierte el investigador. Desde la nube de los héroes digitales, Swartz reabre su paréntesis.