#Libro La generación dorada

“La Generación Dorada”.

Presentación del libro sobre publicidad argentina de Carlos Acosta

La publicidad sí tuvo su década ganada; a diferencia de lo que un gobierno nos quiso vender, paradójicamente, el relato publicitario fue real. Los años noventa fueron un momento de gloria para la publicidad argentina, y a pesar de la pequeña escala de la economía dónde se desarrollaba, logró posicionarse durante un tiempo entre las cinco mejores del mundo. “En los 90 el mar estaba a favor. Surfeaban los surfistas y surfeaban hasta los que no sabían nadar” afirma Ernesto Savaglio.

No fue magia. Fue una construcción realizada por un grupo de creativos que supo leer adecuadamente una nueva época, la aprovecharon y generaron un verdadero “leading case” que quedó registrado en “La Generación Dorada” libro de mi autoría presentado la semana pasada ante un centenar de creativos, anunciantes y medios.

Durante muchos años, la creatividad tuvo figuras rutilantes que brillaron en los 60 y 70 como Ricardo De Luca, Hugo Casares o David Ratto, y las listas negras de la dictadura empujaron a profesionales más vinculados a las artes y el periodismo como Jorge Guinzburg, Alejandro Dolina, Carlos Abrevaya, Eliseo Subiela y al mismísimo Pino Solanas, a trabajar en publicidad incluso filmando comerciales desde el exilio. Luego la democracia los devolvería a su hábitat natural y esto generó lentamente espacio para quienes se formaban profesionalmente en la actividad publicitaria. Así aparecieron Ernesto Savaglio, Hernán Ponce, Fernando Vega Olmos, Ramiro Agulla, Carlos Baccetti y Pablo del Campo, los protagonistas centrales de esta historia y de este libro (aunque no los únicos) y que felizmente generaron un efecto derrame en las nuevas generaciones que hoy lideran muchas agencias.

Ellos fueron quienes resolvieron la duda de si la creatividad vendía o solo servía para ganar premios, tan vigente como la que se vive actualmente: si la publicidad perdió vigencia en manos de las redes sociales o se está resignificando.

Ramiro Agulla recuerda esos años en el libro “Leímos bien lo que estaba pasando, todo lo que hacíamos funcionaba. Nuestra publicidad a veces le dolía a los directores de marketing, pero estaba dirigida a la gente, mientras ellos laburaban para los accionistas. Fue una generación dorada total. Amor por lo que significa la publicidad. Creíamos en eso. Yo fui la cara visible de ese boom publicitario; los publicitarios estábamos de moda así como hoy lo están los chefs”.

Carlos Baccetti resume muy bien la época con dos máximas “Absoluta lealtad a las ideas, y absoluta rebelión contra la mediocridad. Buscamos no traicionar el deseo de hacer cosas buenas y de divertirnos. La verdad es que el proceso era más divertido que los comerciales que salían. Siempre con Ramiro trabajamos así. Agulla & Baccetti fue una gran historia de amor.”

Así como los noventa fue una época signada de enormes cambios en lo cultural, también lo fue para la publicidad. Se empezaron a sentir los efectos de la globalización, el crecimiento de la economía se reflejó, por ejemplo, en la producción de autos, que pasó de 80 mil unidades anuales a 450 mil; y hubo un crecimiento concreto de la inversión publicitaria, que pasó de 500 millones de dólares a 2.800 millones, en muy poco tiempo. La economía neoliberal del peronismo menemista, cuyo eje central fue la convertibilidad, posibilitaba medir, y con esto planificar. La competitividad del mercado exigía utilizar todas las herramientas posibles para “descomoditizar” a las marcas, y ahí la publicidad se convirtió en su valor agregado más importante. Luis María Hermida definía sabiamente aquel momento como el “Renacimiento de la Publicidad”.

En palabras de Fernando Vega Olmos “En los 90 nos animamos en todo sentido, consciente o inconscientemente, a intentar hacer algo distinto; al principio nos creíamos buenos, después lo fuimos demostrando. En esos años la publicidad argentina encontró su lenguaje, su modo de hablar, su identidad”.

En esa construcción, el festival de publicidad de Cannes fue muy importante para mostrar el talento argentino en el mundo. “Cannes nos daba la alternativa de demostrarnos a nosotros mismos que si éramos buenos como creativos, si ademas éramos flexibles, y si podíamos con pocos recursos hacer muchas cosas, nos podíamos transformar en profesionales muy competitivos. En definitiva podíamos volvernos una alternativa apetecible para el mundo de las redes y de los anunciantes globales. Y eso es lo que se salió a buscar y eso es lo que conseguimos en los 90” recuerda Del Campo, el argentino más ganador en Cannes.

 

Para Hernán Ponce fue una generación romántica “y ese romanticismo, con el tiempo, nos hizo ganar mucho prestigio y algo de dinero. Ese primer grupo que se animó en Cannes logró después volver a sus agencias y motivar a la gente a hacer cosas buenas, de calidad y por sobre todo convencer a los clientes de que la buena comuncicación, más allá de ganar de premios, ganaba consumidores. Pese a que en esa época a los anunciantes no les importaran los premios como ahora y que tampoco iban a Cannes, se empezó a formar como una gran sociedad entre buenos anunciantes y buenas agencias.”

La crónica de esa construcción, la palabra de sus protagonistas y los trabajos que marcaron esa época están en La Generación Dorada, un trabajo que espero sirva para conocer, inspirar y resignificar a la publicidad que, por necesidades de la economía, la ciencia, y la política, hoy es más necesaria que nunca.

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