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Filmsuez, representante del Festival Internacional de Creatividad Cannes Lions, anunció los Jurados Argentina en Cannes Lions 2017. El grupo de jurados representará a la Argentina en el Festival que se llevará a cabo en la ciudad de Cannes del 17 al 24 de Junio del 2017. Argentina tiene asignadas 9 categorías de jurados, y esto se logra en base a cantidad de inscripciones, shortlist y leones ganados. Por primera vez, este año contamos con un jurado en la categoría DITIGAL CRAFT. Los jurados son: FILM: JOAQUIN MOLLA, VP and CCO The Community PRINT: DARIO RIAL, CCO Mercado McCann OUTDOOR: MARTIN GOLDBERG, CCO Dhélet Y&R MEDIA: DANIEL SANTUCCIO, CEO PHD Argentina DIRECT: JOAQUIN CUBRIA, VP and CCO, David CYBER: PABLO TAJER, Head of Digital Platforms, GREY Argentina PROMO: GUILLERMO TRAGANT, Founder and CCO, Furia PR: MARIANA JASPER, Director, Alurralde Jasper DIGITAL CRAFT: Carlo Luetto, Creative Director Visual, R/GA
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La temporada 21 de Reporte Publicidad está disponible para ver online. Todos los programas del año, los protagonistas de nuestra industria: creativos, directores, marketers. La nueva sección de Innovación y lo más destacado en los festivales internacionales. Para disfrutar en vacaciones. Miranos desde cualquier dispositivo en http://reportepublicidad.com/tv Nos reencontramos en marzo con la temporada 22!
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Dos periodistas, escritoras y amigas se propusieron un desafío extremo: dejar de comprar más de lo estrictamente necesario durante un año. El experimento derivó en un libro ("Deseo Consumido") que desentraña las motivaciones detrás de la cultura del consumo y revela datos inquietantes sobre nuestro modelo –y deseos– de acumulación. Por Pablo Corso Todo empezó con un frenesí consumista. Dos en realidad: el inicio de clases y los regalos de Navidad. Aunque Evangelina Himitian y Soledad Vallejos nunca fueron compradoras compulsivas, esos escenarios colapsados las llevaron a su propio límite. Las expectativas desmedidas de los chicos y la ebullición de los shoppings detonaron una charla casual entre las dos periodistas amigas. “Estoy saturada, no me compro nada más por un año”, se plantó Soledad. “No quiero ni regalo de cumpleaños.” Cuando la conversación se profundizó, temieron que el consumo las estuviera consumiendo. Formales, el 31 de marzo de 2016 firmaron un contrato. Durante un año sólo comprarían alimentos, productos de higiene y de limpieza. Lo estrictamente necesario: ni ropa, ni cremas, ni zapatos. Ni medias, ni anillos, ni bombachas. No pagarían por cortes de pelo; sólo regalarían (y aceptarían) regalos usados, cargados emocionalmente. Bajo criterios de consumo responsable, los chicos quedaban afuera. Las otras dos excepciones –salir a comer afuera y tomar vacaciones austeras– estaban fundadas en la convicción de que las experiencias se atesoran, no se acumulan. La historia se contó en redes sociales, un blog que retrató el día a día, notas de La Nación, una muestra artística que retrató su desprendimiento sistemático de ropa y objetos de la casa y el libro Deseo consumido (Sudamericana), que bucea en el acto de compra, los fetiches de la acumulación y las injusticas de la cultura del descarte. “Es más fácil hacer una crítica del sistema si uno se sale de la matriz”, justifican en una obra que –aún antes de publicada– las volvió caras familiares de noticieros, late night shows y diarios nacionales y extranjeros, con la consecuente fama barrial. El libro, en cuya investigación participó este cronista, intercala relatos y sensaciones personales –la angustia ante un placard desbordado–, con periodismo de datos –los argentinos compramos el doble de volumen de ropa que hace 20 años– y una taxonomía de los ingredientes que fogonean el consumo, como las promos que se “aprovechan” porque, como la cumbre del Everest, simplemente están ahí. “Hoy somos mucho más conscientes de cómo accionan las estrategias del mercado sobre el consumidor”, dice Soledad. “Acumular cuotas durante muchos años es el camino más directo hacia la imposibilidad de pagar el total de una cuenta.” “Yo tenía una percepción de que no era muy consumista, pero después me di cuenta de que por ahí sí”, reconoce Evangelina, que se pone un tres en una escala del 1 al 5. Sus debilidades eran los descuentos y cualquier ocasión que detectara como una oportunidad, sobre todo en viajes al exterior. “Esto llegó como un grito punk un poco tardío en mi vida”, se suma Soledad, que coincide en que “todos tenemos un sub-registro de cuán consumidores somos”. Aunque nunca fue una compradora compulsiva, lo suyo eran el menudeo y los diseños presuntamente salvadores, como “la jarra mágica para enjuagarle la cabeza a mis hijos sin que les caiga agua en los ojos, que por supuesto quedaba abandonada después del primer uso”. Un mes después de la firma del contrato, Evangelina hubiera querido comprarse una tijera de modista (estaba haciendo malabarismos con la ropa) y Soledad una bikini, pero al mismo tiempo habían redescubierto algunos placeres dormidos. Como la satisfacción de huir de la psicosis colectiva navideña para, en cambio, elegir regalos sentidos y sin condicionamientos monetarios. Tampoco fue un lecho de rosas. Hubo presiones familiares, discusiones con amigos y polémicas entre colegas. Les decían que no las entendían, que estaban atentando contra el motor de la economía, que las cosas no funcionaban así. “Al principio en casa no me tomaron muy en cuenta”, confía Soledad. “Pero de a poco, cuando le pusimos un freno al ritmo de consumo, hubo algunos conflictos. Muchas cosas de las que había que desprenderse eran jurisdicción compartida.” Deseo consumido reconstruye los costos económicos, ecológicos y morales de nuestras dinámicas de compra. Revela que el 78% de la ropa que se produce en Argentina viene de talleres clandestinos. Destierra mitos y confirma verdades: cuando una mujer tiene zapatos nuevos, su cerebro segrega dopamina, la hormona que anticipa el placer, ese que “encuentra su punto máximo en el deseo y no en su consumación”. Por un estudio que encargaron a la Universidad Abierta Interamericana, las autoras supieron que seis de cada diez personas compran algo nuevo al menos una vez por mes. La mayoría de los encuestados dijeron ser consumidores racionales, pero la mitad reconoció que las principales sensaciones que les despierta el proceso son placer y euforia. El libro despierta una necesidad de reflexionar sobre los hábitos propios, apelando también a maestros del desapego y el pensamiento heterodoxo. “Cuando planteo la sobriedad como manera de vivir”, dice José “Pepe” Mujica, “lo que propongo es sobriedad para tener la mayor cantidad de tiempo posible para vivir la vida de acuerdo a las cosas que te motivan (…) El consumismo moverá la economía, pero no vayas a creer que va a desarrollar tu vida”. (En términos similares, el economista Serge Latouche llama la atención sobre los procesos de “colonización del deseo”.) Un chico de clase media urbana recibe un promedio de 80 a 100 regalos por año. “Somos nosotros, en ese intento de complacerlos y verlos felices, los que estamos dispuestos a crearles tales demandas. A satisfacer un deseo incluso antes de que se genere”, reconocen Evangelina y Soledad, que se plantearon otro desafío, una fórmula transformadora: menos juguetes, menos shoppings, más tiempo para jugar y más facilidad para entender un “no”. Entre los agradecimientos del libro, hay uno que resalta por la ironía: “A los que nos acusaron de militar el ajuste”. Si bien su trabajo no se centra en la coyuntura, la publicación llegó cuando el rumbo económico del nuevo gobierno ya estaba claro. Mientras terminaban de escribir, detectaron una concurrencia cada vez mayor a los puntos de venta mayoristas. La compra inteligente, remarca Evangelina, se convirtió en un mandato de nuestra economía inflacionaria y culpógena. Pero ellas lograron quedarse al margen. Cuando se acercaba la caducidad del contrato, ya sabían que la experiencia había sido exitosa. Se sentían más libres y felices. Imperfectas y dueñas de sí mismas. “Necesitamos poco: usamos mucho menos de lo que tenemos y de lo que compramos”, sintetiza Evangelina. “Esto nos va a permitir que nuestros recursos y nuestro dinero sean más nuestros. La idea es defender esa conquista y esa libertad.” Dos semanas después del experimento, todavía no se habían comprado nada. Acotar los espacios de deseo minimizó la potencialidad de las frustraciones. Una conclusión lógica para una obra sostenida por el redescubrimiento de la felicidad inmaterial y la relectura comprometida del verbo de moda: soltar. VALLEJOS - HIMITIAN Deseo consumido (Sudamericana)
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Hechos alternativos. Fake news. Burbujas informativas. Bullshit. Sin quererlo –o quizá sí–, Donald Trump puso en agenda un concepto que intenta resumir el estado actual de la relación entre medios y política en su país, con resonancias globales. Mientras la prensa tradicional trata de contar qué está pasando sin morir en el intento, las redes potencian su efecto perturbador sobre un mundo desorientado.   Por Pablo Corso. Ilustra Javier Joaquín El 22 de enero, dos días después de que Donald Trump asumiera la presidencia de Estados Unidos, su consejera y vocera Kellyanne Conway usó la expresión alternative facts para justificar una falsedad que había difundido el secretario de Prensa Sean Spicer. Ahí donde la Casa Blanca vio “la audiencia más grande en atestiguar una asunción”, los expertos en conteo citados por The New York Times llevaron el número a 160 mil personas, contra los 1,8 millones que se habían reunido frente a Barack Obama en 2009. Mientras Conway hablaba en “Meet the press”, de la cadena NBC, el periodista Chuck Todd parecía experimentar un infarto masivo: “¿Hechos alternativos? ¡Los hechos alternativos no son hechos! ¡Son falsedades!”. La novedad parece ser que eso ya no importa, no para los 62.979.636 votantes del presidente más viejo y más rico de su país. Mientras Trump deja al mundo en offside, un término vendedor y apocalíptico se expande como una mancha tóxica: posverdad. El Diccionario de Oxford le dio el empujón definitivo a fines de 2016, al elegir como “palabra del año” a post-truth, “relativa a las circunstancias en que los hechos objetivos tienen menos influencia en la formación de la opinión pública que las apelaciones a la emoción y a las creencias personales”. (La palabra de 2013 había sido selfie, la de 2014 vape –“vaporear”, inhalar un cigarrillo electrónico–, y la de 2015 emoji). Los referentes idiomáticos recordaron que el primero en usarla en un contexto periodístico fue Steve Tesich, en un artículo de 1992 para la revista The Nation. El autor lamentaba que durante la Guerra del Golfo “como pueblo libre, hemos decidido libremente que queremos vivir en una especie de mundo de la posverdad”. En un fast forward de 24 años, The Economist planteó que “Trump es el principal exponente de la política de la posverdad, que se basa en frases que ‘se sienten verdaderas’ pero que no tienen ninguna base real”. Como que Obama nació en África, o que –así lo tuiteó Trump– el Times estaba perdiendo suscriptores por su cobertura de la campaña. El diario replicó que las suscripciones habían subido a un ritmo cuatro veces mayor que el normal, pero el presidente tuvo 35 mil retuits y el diario 2.600. Para Luis Alberto Quevedo, el neologismo tiene un origen filosófico: “La Modernidad podría definirse como una época de posverdad. Cuando Nietzsche dijo ‘Dios ha muerto’, fue para plantear que las certezas habían caído, que sólo quedaban relatos del mundo: verdades sostenidas por versiones capaces de ser exitosas”. Un desafío que las ciencias sociales, donde la comprobación empírica se vuelve terreno resbaladizo, nunca podrían liquidar. Cuando el filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky dio un paso más –“Dios ha muerto, pero a nadie le importa un bledo”–, todo se volvió aún más complicado. En términos culturales, explica el director de Flacso Argentina, “no estamos preocupados por la verdad, sino por la verosimilitud de los discursos”. Captura de pantalla 2017-05-16 a las 4.52.46 p.m. Estallan las redes. “Con una corriente de resentimiento económico desatada, no es difícil exaltar las emociones sobre temas como la inmigración y sembrar la duda sobre los políticos establecidos”, planteó ante la BBC el filósofo Anthony Grayling, quien recordó que la crisis financiera de 2008 abrió heridas que siguen abiertas: la brecha entre ricos y pobres, la disconformidad creciente de la clase media. Las redes sociales –y su capacidad de destrucción masiva– son el combustible ideal. “Todo el fenómeno de la posverdad es sobre: ‘mi opinión vale más que los hechos’. Es sobre cómo me siento respecto de algo. Es terriblemente narcisista (…) Si no estás de acuerdo conmigo, me atacas a mí, no a mis ideas.” “Las redes vienen a celebrar el poder de lo emocional”, coincide Quevedo. “Muere toda verdad, todas son versiones. El PRO viralizó el hashtag #VoluntarioDocenteNoAlParo desde un call center, pero la demostración de que fue así importó poco, porque ya se había logrado exacerbar al sector de la sociedad que efectivamente odia a los docentes, en una operación que los medios completaron como partícipes necesarios.” La eficacia de la posverdad está en su capacidad de incidir en la opinión pública y establecer un nexo de credibilidad: “Muchos van a seguir creyendo que Cristina no es abogada, por más que el rector de la Universidad de La Plata haya mostrado el título por orden de un juez”. Con el diario del lunes, la potencia de las redes –aún cuando todos hablaron de ellas– fue un factor subestimado en la elección estadounidense. Las organizaciones de noticias tradicionales indagaron de todas las maneras posibles sobre los aspectos sexistas y racistas de Trump, además de los potenciales conflictos de interés que tendría durante su gobierno. Hillary Clinton recibió el respaldo de 229 diarios y 131 semanarios; su rival, el de nueve diarios y cuatro semanarios, según precisó Pablo Boczkowski –doctor en Estudios de Ciencia y Tecnología– en la revista Anfibia. Pero el 4 de noviembre, cuatro días antes de la elección, “la página de Facebook de Trump acumulaba 11,9 millones de ‘me gusta’ y su cuenta de Twitter contaba con 12,9 millones de seguidores. El número de Clinton fue de 7,8 millones y 10,1 millones”. Al cierre de esta edición, Trump tenía 25,8 millones de seguidores y Hillary 13,4. “Las nuevas comunidades virtuales reproducen la lógica de las comunidades de los años ’50, cuando cada pueblo tenía influencias mediáticas muy cerradas”, dice la investigadora de medios y doctora en Ciencias Sociales Adriana Amado. “Los algoritmos actuales, basados en clicks y comentarios, llevan a un consumo relacionado a las afinidades del consumidor. En el Brexit, la victoria de Trump y el plebiscito de Colombia (en el cual la ciudadanía rechazó los acuerdos de paz con las FARC) se replicó la dinámica de un periodismo centrado en una posición, que se terminó resolviendo en la otra. El problema es que esa otra burbuja está fuera del mainstream”. Mientras completa una estancia en la Facultad de Periodismo de la Universidad de Castilla-La Mancha, Amado aporta un ejemplo que funciona como excepción: “En un informe sobre la gente que votó a Trump, un canal español encontró una iglesia de una comunidad negra llena de fanáticos suyos. Los medios todavía no exploraron esa línea porque sufrieron una herida narcisista”. Fake news. Todo indica que la prensa tradicional sigue sin reacción ante el fenómeno del hombre naranja. El 16 de febrero Newsweek tituló que “La bizarra conferencia de Trump fue casi indescriptible”. En lo que la revista describió como una mezcla de sketch de improvisación y recitación dadaísta (“más graciosa que ‘El aprendiz’ pero más escalofriante que ‘The walking dead’”), Trump preguntó a los corresponsales si sabían qué era el uranio, aseguró que no veía CNN aunque criticó uno de sus programas, ordenó sentarse a un periodista judío (había preguntado por la creciente ola de antisemitismo) y pidió a una periodista negra que le arreglara una reunión con “sus amigos” congresistas de esa raza. Cuando dijo que había tenido la victoria electoral más amplia desde 1984, y un periodista le señaló que era mentira, respondió: “No sé. Me dieron esa información. De hecho, la vi por ahí. Pero fue un triunfo muy significativo”. Newsweek se quejó de que Trump “interrumpió a los periodistas antes de que pudieran terminar sus preguntas, juzgó sus tonos como ‘odiosos’ y acuñó el término very fake news” (“noticias muy falsas”). En una escalada feroz, aseguró: “No estoy despotricando ni delirando. Simplemente les digo: ustedes son gente deshonesta”. En ese tono que el mundo deberá digerir durante los próximos cuatro años, terminó la faena con una frase desafiante y sobradora: “El público ya no les cree. Quizá yo haya tenido algo que ver con eso”. Al día siguiente Trump volvió a exigir el sistema cardiovascular de la prensa. Entró a Twitter, una red que usa como si fuera otro hijo de vecino quejándose desde el sillón, para advertir que “los medios de las fake news (@nytimes, @NBCNews, @ABC, @CBS, @CNN) no son mis enemigos. ¡Son los enemigos del pueblo americano!”. Una semana después la Casa Blanca prohibió a The New York Times, CNN y el sitio web Político entrar a una conferencia de prensa. Varios periodistas, entre ellos de la agencia AP y de la revista Times, dejaron la sala en un gesto de repudio. “Nunca vimos algo así y no podemos tolerarlo”, decían estupefactos, mientras veían cómo se daba la bienvenida a los representantes del sitio de extrema derecha Breitbart News. El mismo que presidió el jefe de estrategia de Trump, Steve Bannon (al que, por otra parte, Saturday Night Live representa como la mismísima Muerte). La estrategia presidencial es cada vez más evidente: sólo él habla por los verdaderos estadounidenses. Buena parte de quienes eligieron a Clinton, recuerda cada tanto, son “no americanos” o “americanos fraudulentos” que votaron en dos estados o con nombres falsos. “En su discurso, viene a desplazar a los que ocuparon el lugar del pueblo en Washington. Lo encarna más allá de cualquier burocracia, tratando de evitar las mediaciones parlamentarias o mediáticas”, analiza Alejandro Katz. Para el sociólogo y ensayista, se trata de “un fenómeno relacionado al vínculo carismático del líder populista, que –como vimos en el kirchnerismo y en el chavismo– se basa en la construcción de emociones que apuntan a convencer, más que en la enunciación de un programa que apele a la racionalidad colectiva”. No chamuyés. En este esquema, Trump sería un republicano no republicano. Su discurso, un ejemplo cabal de un concepto provocativo, el bullshit, que a falta de una traducción adecuada podría argentinizarse como bolazo o chamuyo. En su ensayo de 1986 “On Bullshit”, el filósofo Harry Frankfurt escribió que los cultores de ese estilo se caracterizan por “la falta de conexión con una preocupación por la verdad y la indiferencia hacia la verdadera naturaleza de las cosas”. Un bullshitter “no se preocupa por que las cosas que dice describan la realidad correctamente. Simplemente las elige, o las inventa, para alcanzar su propósito”. “No se trata de mentir, sino de decir cosas sin tener en cuenta qué relación tienen con la verdad”, insiste Katz. “El discurso de bullshitting admite la contradicción, que alguien diga al mismo tiempo ‘los mexicanos son todos vagos’ y ‘los mexicanos vienen a quitarnos el trabajo’.” O que Trump haya inaugurado su presidencia hablando de una “carnicería americana” y de un desempleo desenfrenado, sin importar cuántos gráficos de desmentida mostraran los demócratas. En este juego de emociones, identificaciones y proyecciones, el Brexit también se nutrió de “un discurso sobre lo real reñido con la evidencia fáctica, donde se tergiversaron datos sobre lo que le costaba a los británicos pertenecer a la Unión Europea (y viceversa) en pos de identificar a un migrante culpable”. Cuando las cosas llegan a este punto, cualquiera que busca restablecer la verdad o exponer la falsedad de un argumento puede volverse un enemigo. Los periodistas, científicos y políticos que se atreven a la disidencia son acusados de parciales, ineptos o conspiradores; se les recorta la financiación y la palabra. (Una de las primeras medidas post-Obama fue la remoción de la página sobre cambio climático de la Agencia de Protección Ambiental.) El Times intentó volver a llamar la atención sobre esta dinámica durante la infame noche de los Oscar. En un aviso de 30 segundos hizo desfilar algunas sentencias calientes: los hechos alternativos son una mentira. Los medios son deshonestos. Debemos proteger nuestras fronteras. El cambio climático es un fraude. Sobre el final, aclaraba que la verdad es difícil de encontrar y conocer, pero es más importante que nunca. Las respuestas, sugiere Quevedo, podrían estar en las doctrinas de los siglos XIX y XX: “El socialismo, el liberalismo y el marxismo eran cuerpos de ideas que defendían una ética. Pero cuando cae la dimensión ética de la política se prepara el terreno para el abandono de las responsabilidades. El cambio tiene que surgir de la política, de los medios y de la sociedad, que debe construir un vínculo con la credibilidad más allá del estómago de su odio”. El sociólogo recuerda que “en 1870 la Iglesia armó un concilio para decidir que el papa era infalible, pero eso no va a pasar en la política ni en la sociedad”. Adriana Amado cree que a pesar de todo, la salida podría estar en las redes, donde “la devolución de lectura es intensa. Hay que generar más diálogos con las audiencias y fortalecer las formas de chequeo”. La investigadora reconoce que “ya no se trata de la verdad sino de lo confiable, de saber que la información es ofrecida con ciertas garantías de calidad”. Porque hoy, remata con ironía, “el único infalible es Donald Trump”.